Hay algo paradójico en el Río Monclova. Una obra que buscaba recuperar este espacio público terminó, con el paso de los años, dependiendo de algo que quizá nunca estuvo completamente resuelto: su mantenimiento y la disponibilidad de agua.

La rehabilitación de este tramo comenzó alrededor de 2019, durante la administración de Alfredo Paredes López. Se construyeron gaviones y pequeñas represas para formar espejos de agua, además de andadores, banquetas, taludes y áreas verdes. La inversión llegó a rondar los 14 millones de pesos. La intención era recuperar el río y convertirlo en un espacio recreativo cercano al Parque Xochipilli.

A finales del siglo XIX, Monclova comenzó a experimentar una transformación que cambiaría lentamente la forma en que sus habitantes se desplazaban por la ciudad. Después de décadas en las que la vida local había estado marcada principalmente por la agricultura, la ganadería y algunas actividades mineras, comenzaron a llegar nuevas formas de comunicación y transporte.

Hay lugares de Monclova que parecen demasiado pequeños para contener la historia que tienen detrás. El Muro de la Purísima es uno de ellos. Hoy queda solamente una antigua pared de piedra junto a la Alameda. Para quien pasa frente a ella puede parecer apenas un fragmento de una construcción desaparecida. Pero ese muro es uno de los vestigios más antiguos de la ciudad y está relacionado con uno de los primeros asentamientos españoles permanentes en lo que hoy conocemos como Monclova.

Cuando se habla de Monclova, una de las preguntas más sencillas termina llevando hasta la España del siglo XVII: ¿de dónde salió el nombre de nuestra ciudad?

La respuesta está relacionada con un personaje que probablemente pocos monclovenses identificarían por su nombre: Melchor Portocarrero Lasso de la Vega, conde de la Monclova y virrey de la Nueva España entre 1686 y 1688.

Monclova necesita un proyecto de ciudad, no una colección de ocurrencias administrativas

Una ciudad no crece al ritmo de los periodos electorales.

Las calles, los sistemas de drenaje, las avenidas, los parques, los árboles, los espacios públicos y las rutas de transporte permanecen durante décadas. Una administración municipal puede durar tres años, pero una obra mal planeada puede estorbar durante veinte. Una decisión acertada, en cambio, puede beneficiar a varias generaciones.

Por eso una ciudad necesita algo que vaya mucho más allá del programa de gobierno del alcalde en turno: un proyecto de ciudad.